mayo 28th, 2014

No eres líder si no te explicas

¿Cuántas veces has oído hablar de la diferencia entre jefe o líder? La diferencia entre inspirar o imponer, entre marcar el qué o marcar el cómo, etc. Parece que ser un líder esté reservado para unas pocas personas que nacieron dotados para ellos. Ayer escuchaba a Pau García Milá en una conferencia respondiendo a una pregunta de uno de los asistentes sobre cuanto de su talento era innato y cuanto se había adquirido. Su respuesta, los niños nacen con un solo instinto, el de mamar, todo lo demás viene después, no sé si es del todo correcta, pero sí que entendí que lo que él quería transmitir es que la capacidad para aprender la tenemos todos y también reconoció que una buena parte se debía a la educación que había recibido por el modelo que sus padres le habían transmitido.

Adquirir habilidades que nos transforme en líderes es posible. Y sí, he dicho transforme, consciente de que son habilidades que se ganan tras un proceso de introspección y transformación personal que nos permita darnos cuenta el modelo de liderazgo que estamos aplicando con nuestros equipos, con nuestros hijos, en nuestra vida en general y desafiar nuestros modelos mentales para modificar lo que no nos funciona como nos gustaría.

Voy a poner un ejemplo de mi rol de madre, que se puede trasladar perfectamente al trabajo con el equipo de tu empresa o si eres padre o madre espero que te sea de doble utilidad. Me gusta cuidar mi salud y la de mi familia con una alimentación adecuada y a mis hijos pequeños les apasiona el chocolate, los dulces, las chuches, como al 99% de los niños. Intenté imponer directamente que tan sólo se comía chocolate ocasionalmente y que no era el contenido principal de desayunos y meriendas como ellos solicitaban. Sin más razón, mamá dice que no y punto (no tan exagerado, pero casi). Ellos se enfadaban, no entendían cómo podía ser una madre tan poco considerada y abierta a satisfacer sus deseos, además otros niños en su colegio llevaban chocolate cada día (al menos eso argumentaban ellos). Decidí que estaba harta de tantas discusiones, gritos y malas caras, pero entendí que ellos estaban haciendo lo lógico para su edad y con la única información con la que contaban: el chocolate está buenísimo. Así que analicé en qué estaba fallando yo. Me di cuenta de que no les estaba dando toda la información necesaria para aceptar el rumbo que yo marcaba en cuanto a la alimentación familiar. Porque me parecían pequeños, quizá, pero cuántas veces no nos parecen también pequeños o inmaduros los miembros de nuestros equipos para entender la estrategia de la compañía o nuestras decisiones. Así que decidí explicarles el motivo de mi comportamiento, para qué estaba yo impidiendo que comieran chocolate a menudo. Les traté como iguales, no me puse por encima de ellos, les dije que yo pensaba que si comían más chocolate se pondrían enfermos (incluso les hablé de la diabetes a mis hijos de 5 y 6 años) y les expliqué que una de las responsabilidades de una madre es cuidar de que sus hijos estén sanos y que lo hacía porque les quería mucho. Se acabaron las discusiones, lo intentan, preguntan cuando tienen ganas de comer chocolate, intentan negociar, claro, pero no se desesperan porque entienden los motivos de ni negativa en muchas ocasiones.

Dar información a nuestros equipos, hacerles entender el para qué de nuestras decisiones, mostrarles el beneficio que obtendrán de ello favorece equipos alineados con el líder e implicados con su trabajo. El líder debe ganarse la confianza con conversaciones previas a la puesta en marcha de acciones. No te siguen ciegamente hasta que no tienen la confianza para hacerlo y eso depende de ti, no de ellos.

Olga Villacañas Beades

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