junio 23rd, 2014

Relaciones genuinas

Hace un tiempo leí una entrevista a uno de mis maestros de PNL, Vicens Olivé, en la que decía que si tuviéramos buenos amigos no nos haría falta un coach. Puede sonar un poco fuerte, pero estoy de acuerdo con su afirmación. Difícilmente se consigue, eso sí. En las relaciones nos mueve nuestro propio interés, incluso cuando este interés es de lo más loable como el amor o el aprecio. Si preguntas a la mayoría de personas que se dedican a ayudar a los demás, por su profesión o de manera voluntaria, la mayoría te explicarán que les hace sentirse bien consigo mismos. Es humano, buscamos nuestro bienestar y satisfacción personal como fin último de nuestras acciones y no nos tenemos que escandalizar por ello. El problema es cuando a raíz de intentar satisfacernos a nosotros mismos o de evitar situaciones incómodas o dolorosas no nos mostramos de manera genuina y nos esforzamos por agradar o por no romper una relación (sí, sí, aún en estas ocasiones es a nosotros mismos también a los que protegemos de un mal trago).

A mí esto me genera desasosiego, como imagino le genera a muchas personas. Por no ofender, por no liarla, por evitar un conflicto, porque haya paz…no digo lo que pienso y lo que es mucho peor puedo llegar a decir lo que no pienso. Diría las cosas tal como las pienso y las siento, porque creo que de otra manera engaño a la otra persona, pero a veces no obtengo el permiso (o no me lo concedo yo misma). En la relación coach-coachee existe este permiso. Puedo decir lo que pienso, porque el coachee espera oírlo. Es quizá parte de las razones por las que disfruto haciendo coaching, porque me comunico de manera genuina con los coachees, hablando desde la autenticidad. Una vez empiezas a comunicarte desde la autenticidad conectas con la sensación de conexión y de aportar lo mejor de ti.

¿Y qué es la autenticidad? Honrado, fiel a sus orígenes y convicciones, según la RAE. Para mí es la conexión directa con mi esencia, con lo que hay en mí en lo más profundo de mi ser. Si me despojara de mis conocimientos, no intentaría dar lecciones. Si me despojara de mis relaciones, no intentaría agradar, evitar ni proteger a nadie. Si me despojara de mi cultura, no intentaría darle un sentido concreto a cada cosa. Si me despojara de mis emociones, mi percepción de la vida no estaría velada por ellas. Si me despojara de todo esto aún estaría yo, mi esencia, sin juicios ni prejuicios. Ese es el yo auténtico. El que más puede aportar a los demás y el que me generará más satisfacción a mí misma.

Te invito a buscar tu yo auténtico y a ejercitar el relacionarte con los demás desde él.

Olga Villacañas Beades

 

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